
¡Shhh! No le digas nada, que llora.
Los niños sintonizan nuestras emociones. Es un hecho que los adultos tenemos oportunidad de comprobar en múltiples ocasiones. Siempre digo que los niños son personas tremendamente empáticas y capaces de percibir nuestras emociones y estado de ánimo de una forma mucho más precisa de lo que creemos.
Esto toma un cariz un tanto cómico, o desesperante, según el caso, cuando, por ejemplo, un niño sea cae al suelo. La situación suele ser la siguiente: estás en el parque con tu hijo, sobrino o nieto y él juega libre (todo lo que le permite ese parque de ciudad) y sonriente entre los matorrales. Y en ese momento, cuando más se estaba riendo, tropieza y se cae.
Pero tú, cuidador experimentado, has visto toda la escena y no estás preocupado. Sabes, o al menos crees con bastante certeza, que ha sido un simple tropiezo sin importancia y que, si reaccionas sonriendo y diciéndole con cariño que se levante y siga jugando, no habrá mayores consecuencias. El problema es que no has previsto que tu amiga, la que se ha ofrecido a acompañaros y está en el banco del parque contigo, tiene su propia forma de reaccionar ante la caída. Antes de que puedas evitarlo, se levanta y empieza a gritar algo sobre pupitas, probecito, angelito y demás diminutivos mientras corre hacia el niño con los brazos abiertos.
La consecuencia es clara: el niño rompe a llorar con un volumen que para sí lo quisieran los cantantes de ópera. Y tú no puedes entenderlo, bueno sí, porque no es la primera vez que te pasa y te las sabes todas. ¿Qué es lo que ha pasado? Pues que al ver la reacción exagerada del adulto que se dirigía hacia él, el niño se ha sintonizado con ese comportamiento.
No lo ha hecho para llamar la atención, ni para molestar, ni tan siquiera es un acto consciente. Simplemente, ha sucedido. Y es que muchas veces los niños darán tanta importancia a las cosas como se la demos nosotros. No nos olvidemos de que somos su ejemplo para todo y de que siempre nos observan.
Por todo esto es tremendamente importante mostrarnos tranquilos con los niños y no transmitirles nuestro nerviosismo y ansiedad. No es extraño ver a una madre desesperada ante el llanto incontrolable de su bebé (lo cual, por otro lado, es de lo más comprensible) que no es consciente de que el pequeño está sintiendo todo ese maremágnum de emociones y que eso, lejos de calmarlo, lo está poniendo más nervioso. Lo difícil llega cuando tenemos que discernir las situaciones en las que sí que toca “que pase algo”.
Ya hablé en otro artículo de la tiranía de las emociones positivas en la que parece que todos estemos inmersos. Vivimos en una sociedad en la que no podemos permitirnos no encontrarnos bien y en la que hacerlo es un signo de debilidad. Pero hay muchos peligros en ese “no pasa nada” que tan a la ligera empleamos sin cesar. No validar las emociones de los niños de esa forma no los hace más fuertes, sino, más bien, lo contrario. Nos convertimos en adultos menos resilientes, incapaces de enfrentarnos con las herramientas adecuadas a situaciones adversas.
Y es que sobreproteger e inspeccionar de forma constante a los niños, alterándonos por cada pequeño acontecimiento que tenga lugar, es tan peligroso como no validar nunca lo que sienten o pretender obligarles a estar siempre contentos y sonrientes.
Una buena postura suele ser la de esperar a su reacción y validar lo que sienten, respetándolo en todo momento y ayudándoles a gestionarlo, procurando no ser uno mismo quien les provoque el sentimiento con nuestra propia reacción.
Suena complejo y lo es, pero tampoco hay que obsesionarse. El instinto suele llevarnos por buen camino. Simplemente hay que ser consciente de que eso está ahí y de que somos su referencia en ese maravilloso proceso de crecimiento y desarrollo que están experimentando.

