Enseñar aprendiendo

El juego simbólico. Juguemos a ser humanos.

El juego simbólico es una de las actividades preferidas de los niños. Dicho de modo un tanto simplista, consiste en fingir que durante su transcurso una situación no real, lo es. Así los niños imaginan ser personas que realmente no son, encontrarse en situaciones en las que no están, o vivir en lugares que sólo existen en sus sueños. 

Se inicia alrededor de los dos años y suele tener una importancia muy alta hasta aproximadamente el fin de la etapa educativa infantil, cuando se comienzan a priorizar juegos con reglas específicas. 

El juego simbólico no deja de ser una expresión de contar, de contarnos, una historia. Y es que el proceso narrativo forma parte indisociable de los seres humanos. La evolución nos ha convertido en seres eminentemente narrativos que necesitan contar historias para entender el mundo. Casi desde que nacemos empezamos a contarnos esas historias, en forma de relatos primigenios. Es lo que hacemos cuando reconocemos el rostro de mamá y sabemos que está contenta porque sonríe o por cómo nos habla. El paso de los años transforma esa narración en historias cada vez más complejas.

Los adultos tenemos en ocasiones una opinión sobre el juego simbólico, considerándolo frívolo o superficial, que no se corresponde con la tremenda importancia que asume en el desarrollo de los niños. 

A través de la representación de diferentes personajes los niños se vinculan emocionalmente a otras personas, comprendiendo sus diferentes situaciones y condiciones. Así el juego simbólico ayuda a potenciar el desarrollo afectivo. Aprenden a andar en los zapatos de otros, lo que se traduce en una mayor empatía.

Durante el juego, los niños deben aprender a compaginar la visión y características de su personaje con la de otros personajes con los que interactúan. Este hecho requiere de conexiones neuronales complejas que hacen del componente cognitivo otro factor muy importante del juego.

En una fase inicial suele ser individual y luego cada vez más complejo y grupal. Tiende a evolucionar a la par que los niños, por lo que con el tiempo incorporará elementos cada vez más imaginativos que potenciarán su creatividad y estimularán su curiosidad.

También dentro de la labor educativa el juego simbólico tiene un papel muy importante. Aunque lo recomendable es que siempre que sea posible el juego sea autónomo y los niños experimenten libremente, puede ser una herramienta muy útil. 

Así, cuando los niños se ven incapaces o cohibidos para expresar sus estados de ánimo o sus sentimientos, meterse en la piel de otro y utilizarlo como vehículo para expresar las emociones propias suele ser mucho más fácil.  Nosotros podemos facilitarles el proceso escogiendo personajes cuyas situaciones ficticias sean parecidas a las que se está viviendo en el aula, o en casa. Ver representadas estas situaciones en un contexto libre de juicios y en forma de juego les ayudará a sentirse más cómodos para expresarse, lo cual, además, les permitirá ampliar su vocabulario.

Al conocer los múltiples beneficios del juego simbólico muchos padres se preguntan qué es lo que tienen que hacer para que los niños lo realicen. Y lo mejor es que no hay que hacer nada. El juego simbólico surge de manera natural en los niños, por lo que nuestra labor es la de gozar observando cómo lo disfrutan. Si queremos participar, juego simbólico es cualquiera que surja espontáneamente en las interacciones del día a día. Una escoba puede ser en una espada y convertirnos en piratas, la alfombra del comedor puede ser una tienda en la que acampar…

Una de las muchas cosas maravillosas que nos enseñan los niños es a dejar volar la imaginación, así que, simplemente, disfrutemos y dejémonos llevar por ella.